Luis Cerviño, empufado por el Celta

A José Luis Cerviño (Vigo, 1955) transpirar celtismo por cada poro de su piel le ha costado caro. Dice que no tiene estudios porque de niño prefería hacer de utilero voluntario en el viejo campo de entrenamiento de A Madroa que estudiar. Ahora, rebasada la cuarentena y con una familia a las espaldas, se ha empufado hasta las cejas y hasta ha hipotecado sus vacaciones para seguir al Celta en su aventura europea. “Soy el único peón de Citroen que he ido a todos los partidos de la UEFA, los demás eran todos directivos”, presume.

Luis Cerviño, peón de Citroen, soldado del Celtismo y Baluarte del Comando Celta, pidió un crédito de medio millón e hipotecó sus vacaciones para seguir al equipo por Europa.

Suerte que su mujer, Amparo, estaba ya sobre aviso y nunca le ha reprochado comprometer la economía familiar para ir detrás del Celta por los campos de Europa. “Antes de casarme con ella le dije: cariño, te quiero mucho pero para mi lo primero es el Celta y lo aceptó. Además, en casa todos somos celtistas. Hasta mi hijo de dos años, que casi no habla, se sabe el himno de memoria”, asegura.

Cerviño estaba convencido de que el equipo vigues iba a llegar a la final de la Copa de la UEFA e incluso empleó parte del medio millón de pesetas que pidió al banco en “confeccionar unos gorros moscovitas con el escudo del Club. Ir a Moscú era desde hace tiempo una obsesión para él: “cuando nos eliminó el Marsella, lloré. Sinceramente no me lo esperaba. Viajar con el Celta a Moscú, y lo dije hace años en un programa de televisión era mi gran ilusión. Casi se me cumple”.

Luis Cerviño es uno de los grandes animadores de la peña Comando Celta, la mas antigua y bulliciosa del celtismo, de la que es socio cofundador y decorador oficial y su personaje mas pintoresco. El despliegue visual que utiliza para disfrazarse en los partidos impresiona. Su casco vikingo, “que algún día estará en las vitrinas del museo”, esta provisto de un interruptor de pera que ilumina dos impresionantes cuernos, remachados con escudos del Celta, que amueblan un rostro embadurnado con colores de guerra. El atuendo se completa con una peluca de lana azul celeste, una bandera de Vigo que se enfunda en bandolera, y una camiseta del primer equipo. Fetichista redomado, decora concienzudamente las habitaciones de los hoteles por los que pasa en los viajes con toda clase de distintivos del Celta, de Vigo y de la peña Comando Celta y muestra con orgullo su colección de recuerdos, que guarda en dos voluminosos álbumes con centenares de fotos en las que se le puede ver en todas clase de situaciones, saludando a Horacio Gómez en Marsella, conquistando un campo de maíz en Rumania, dirigiendo el cotarro en un autobús o en un avión, de buen rollo con los policías ingleses.

Pero la figura Cerviño adquiere su verdadera dimensión de gudari celtiña en la grada, donde siempre anima al equipo al borde de la extenuación. “Realmente casi nunca puedo ver los partidos, porque me paso los noventa minutos montando lió. Es más, los cuatro partidos que el Celta jugo en Europa no me entere de nada; lo pude ver luego gracias a que Atilano me consiguió los videos”, afirma.

Cerviño ve con suspicacia el crecimiento experimentado por el celtismo en el último año porque considera que “hay mucho arribista”. “Habría que ver dónde estaban muchos de ellos si el equipo no fuese bien. Para ser celtista hay que estar a las duras y las maduras. Por ejemplo, me cabreé un montón cuando, después de estar 27 años sin jugar en Europa, en el partido contra el Pitesti sólo estábamos 7.000 personas en el campo”, dice.

Tampoco soporta ir a Balaidos cuando juega el Barcelona o el Madrid, aunque siempre retira su correspondiente suplemento. “Hace tiempo que he decidido no ir al campo cuando vienen, me pone enfermo ver que esos días el campo paso de los veinte mil de siempre a treinta mil personas. Además, aunque ahora pasa menos porque el celtismo está calando muy hondo entre los jóvenes, me pone de los nervios encontrarme con algún vecino con una bufanda del Real Madrid porque no me queda otro remedio que mentarle a su madre. Para evitar disgustos, prefiero quedarme en su casa”, explica.

Julio Bernardo, Vigo 1999

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